Cuando una empresa escucha hablar de impacto social, es habitual que piense en voluntariado corporativo, donaciones, proyectos con la comunidad o iniciativas impulsadas desde la responsabilidad social.
Otras organizaciones consideran que es un concepto propio de fundaciones, ONG o empresas especialmente comprometidas con determinadas causas sociales.
Sin embargo, el impacto social no depende de tener un programa específico ni de desarrollar acciones solidarias.
Depende, sencillamente, de desarrollar una actividad.
Porque toda empresa genera impacto social.
La cuestión no es si lo genera o no.
La verdadera pregunta es:
¿Es consciente del impacto que está generando?
El impacto social no es una actividad. Es una consecuencia.
Toda organización produce un efecto sobre las personas y sobre la sociedad.
No porque se lo proponga. Sino porque cualquier decisión empresarial tiene consecuencias que van más allá de los resultados económicos.
Cuando una empresa crea empleo, influye en la vida de las personas. Cuando diseña un producto, condiciona la experiencia de quienes lo utilizan. Cuando selecciona proveedores, contribuye a fortalecer un determinado modelo económico. Cuando decide dónde invertir, también influye en el desarrollo de un territorio.
Incluso cuando decide no actuar, está generando un impacto.
Por eso, el impacto social no es una actividad complementaria. Es una consecuencia natural de la actividad empresarial.
El impacto social está presente en cientos de decisiones cotidianas
Muchas empresas creen que no generan impacto social porque nunca han desarrollado un proyecto específico relacionado con este ámbito.
Sin embargo, el impacto social aparece cada día en decisiones como:
- contratar o no a una persona
- promover el desarrollo profesional de los equipos
- diseñar productos y servicios más accesibles
- elegir unos proveedores u otros
- abrir o cerrar un centro de trabajo
- implantar nuevas tecnologías
- modificar horarios o formas de trabajar
- invertir en un territorio
- colaborar con otras organizaciones
- apostar por la innovación para responder a nuevos retos sociales
La mayoría de estas decisiones se toman pensando en la eficiencia, la rentabilidad o el crecimiento del negocio. Y es lógico que así sea.
Pero todas ellas producen también efectos sobre las personas, las comunidades y la sociedad.
El impacto puede ser positivo. También puede ser negativo.
Hablar de impacto social no significa hablar únicamente de resultados positivos.
Toda decisión genera consecuencias.
Empleo de calidad, mejor accesibilidad, innovación social, tejido económico fortalecido, nuevas oportunidades para las personas.
Desigualdades, exclusión, barreras de acceso, pérdida de confianza, efectos no previstos sobre colectivos o territorios.
El objetivo no consiste en eliminar cualquier impacto negativo, algo que difícilmente puede conseguirse en una organización compleja.
El verdadero reto consiste en conocer esos efectos, comprenderlos y gestionarlos de forma consciente.
El impacto social va mucho más allá de la plantilla
Con frecuencia, las empresas asocian el impacto social exclusivamente a las personas que trabajan en la organización.
Pero su alcance es mucho mayor.
Toda empresa influye, en mayor o menor medida, en sus clientes, proveedores, colaboradores, comunidades locales, administraciones públicas, entidades sociales y en el conjunto de la sociedad.
También influye en el territorio donde desarrolla su actividad, en las oportunidades que genera, en la confianza que construye y en la forma en que responde a los retos sociales de su entorno.
Por eso, hablar de impacto social no es hablar únicamente de personas.
Es hablar de la relación que una organización establece con todos sus grupos de interés y con la sociedad de la que forma parte.
No medir el impacto no significa que no exista
Pensemos por un momento en la satisfacción de los clientes.
Una empresa puede decidir no medirla. Pero eso no significa que sus clientes estén satisfechos o insatisfechos. Simplemente significa que la organización no dispone de información para comprender qué está ocurriendo.
Con el impacto social sucede exactamente lo mismo.
Una empresa puede no analizar los efectos que genera sobre las personas y sobre la sociedad. Pero esos efectos seguirán existiendo.
La diferencia es que serán invisibles para la organización.
Y aquello que no se conoce difícilmente puede gestionarse o mejorarse.
Del impacto accidental al impacto gestionado
Durante mucho tiempo, las organizaciones han generado impacto social de manera intuitiva. Como una consecuencia inevitable de su actividad.
Sin embargo, las empresas más avanzadas están empezando a dar un paso más.
No se conforman con generar impacto. Quieren comprenderlo. Quieren saber qué cambios producen realmente sus decisiones. Qué oportunidades están creando. Qué riesgos necesitan gestionar. Y cómo pueden aumentar el valor que generan para el negocio y para la sociedad.
Porque la diferencia no está entre las empresas que generan impacto social y las que no.
La diferencia está entre aquellas que lo dejan al azar y aquellas que deciden gestionarlo.
La siguiente pregunta
Si toda empresa genera impacto social, surge una cuestión inevitable.
¿Cómo puede una organización saber cuál es el impacto que realmente está generando?
Responder a esa pregunta exige ir un paso más allá.
No basta con intuir.
Es necesario conocer dónde se encuentra la organización, cuáles son sus fortalezas, qué oportunidades tiene por delante y cómo se compara con otras empresas de su sector.
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